Lady, la Vendedora de Rosas. Crítica de la semana de estreno

Víctimas del sistema

La oferta para desvelados del nuevo canal Imagen TV es Lady, la Vendedora de Rosas, una producción colombiana que ha tenido muy buena acogida con el público.

Basada en el libro “Leidy Tabares, la Niña que Vendía Rosas” de Edgar Domínguez y en testimonios y cartas de Lady Tabares, es la historia de una niña en condición de calle que sobrevivía en los barrios bajos de Medellín ayudándole a su madre a vender rosas en los cruceros.

En la primera semana vimos que Lady (Michell Orozco) vive en un cuarto de un inquilinato (vecindad) con su madre Fátima (Majida Issa) y su hermanito Didier (Mario Andrés Guerrero). Sus mejores amigos son Yurani (María José Vargas) y Alex (Samuel Muñoz). Fátima es madre soltera y vive al día. Al no poder pagar la renta es corrida con todo y tiliches por don Elmer (Fabio Restrepo), el dueño o encargado del lugar. Para conseguir el dinero de la renta Fátima visita a don Pacho (Alberto Cardeño), el padre de Lady, quien es el dueño de una florería y aparenta tener una familia modelo. Pacho se desentiende y la corre. Después Fátima y Lady cortan rosas de una casa para venderlas en la calle pero son detenidas por la policía y Sofía (Julieth Restrepo), una trabajadora social obsesionada con los niños en condición de calle, se empecina en quitarle a Lady a Fátima para llevarla a un orfanatorio. Lady y Fátima logran escapar y en la vecindad obtienen ayuda de un hombre misterioso al que llaman El Treinta y Ocho (Julián Román). Ellas se encariñan rápidamente con él pero él tiene viejas rencillas con los miembros de un cártel y es herido de muerte en medio de la calle.

Lady, la Vendedora de Rosas. Crítica de la semana de estreno

La primera imagen de los créditos de Lady, la Vendedora de Rosas muestra este mensaje: “El siguiente programa contiene ciertas escenas que examinadas dentro de un contexto educativo, buscan generar espacios de reflexión acerca de la realidad que enfrentan algunas ciudades de Latinoamérica”.

El mensaje puede ser interpretado como una advertencia al realismo con que se presentan la trama, los diálogos y la ambientación. Esta no es una vendedora callejera tipo Rosa Salvaje, es una niña que ve a la violencia como algo común en su entorno y cuyo futuro es poco prometedor por tener que ayudar a su madre a trabajar en lugar de ponerse a estudiar.

Aun así, Lady no deja de ser una niña y como tal quiere jugar y divertirse, pero lo más tierno es que siempre vela por mantener la unión familiar.

Lady, la Vendedora de Rosas aborda el clásico tema de la protagonista pobre pero desde otra óptica. Una óptica que puede calar, que puede incomodar porque está más apegada a la realidad de cualquier país del tercer mundo. Es por ello que los espectadores de melodramas tradicionales se ven en la disyuntiva de aceptarla o rechazarla.

Los libretos originales de los nóveles escritores Lina Arboleda, Pedro Miguel Rozo y Juliana Lema y la dirección de Israel Sánchez y Juan Felipe Cano nos llevan por una montaña rusa de emociones, que van de la tristeza a la alegría, de lo romántico al drama, del juego a la violencia, y de la vida a la muerte.

El gran talento del equipo creativo quedó plasmado en secuencias como la de la persecución de El Treinta y Ocho. En escenas paralelas vimos cómo unos sicarios lo persiguen pistola en mano por las calles mientras que en un cine solitario Lady y sus amigos juegan a los balazos. El clímax se da cuando El Treinta y Ocho solo, en medio de la calle, piensa que ya la libró, pero a lo lejos Lady le grita por su apodo delatándolo sin querer a los sicarios quienes le disparan hiriéndolo.

También otra secuencia digna de aplausos es la de la agonía de El Treinta y Ocho en el hospital mientras que Lady lo toma de la mano. En una edición magistral vimos los planos de sus manos, sus rostros, sus ojos. Todo montado de manera perfecta. ¡Bravo!

Además de transmitirse por Imagen TV, Lady la Vendedora de Rosas tiene tiempo de estar disponible en algunas plataformas OTT como Netflix.

La vida de Lady no es un jardín de rosas y sensibilizarnos con su calvario puede hacer que veamos con otros ojos a las más perjudicadas víctimas del sistema.

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