Las lecciones no aprendidas de Catalina Creel y Cuna de Lobos

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Introducción

Ha muerto María Rubio, la extraordinaria actriz que interpretó a la mayor villana que ha creado la telenovela mexicana: Catalina Creel de Larios, el ícono referencial que representa el hito de Cuna de Lobos (Televisa, 1986).

Las cabezas de ese proyecto Carlos Téllez, productor y director, y Carlos Olmos, escritor, fallecieron en 1994 y 2003 respectivamente. ¿Qué lecciones no aprendió la TV mexicana de aquél parteaguas?

La tecnología: ¿un lastre o una virtud?

A partir de sus resultados, Cuna de Lobos debió convertirse en la regla y no en la excepción a nivel de generación de contenidos. No sólo en Televisa sino en toda la industria de la televisión mexicana.

No podemos decir lo mismo de su rudimentaria producción. Quizá si ésta se hubiera producido en cine (35mm) como las series estadounidense de gran presupuesto de la época, la lata original hubiera extendido su vigencia en las frecuencias abiertas nacionales y de exportación.

La producción de Cuna de Lobos se pensaba para la TV de un visionado no para el consumo que exige una plataforma OTT de la actualidad, con el tamaño y la resolución de las pantallas del usuario moderno.

El modelo mexicano apostó desde la creación del videotape por el video y en su momento esa fue una de sus visionarias decisiones en lo empresarial, sensatas ante la dinámica publicitaria de su propio contexto y que en la exportación permitió abrir un mercado de comercialización impensable hasta para la industria estadounidense siempre adelante y siempre acaparadora. La telenovela mexicana creó un producto asequible sobre todo para las televisiones de países del subdesarrollo frente a las costosas series gringas, ofreciendo volumen, regularidad y certeza programática en rating. Además pocos países y televisiones tenían entonces la capacidad de producir originales. Gracias a la tecnología el panorama cambió radicalmente pero México no hizo acuse de recibo.

Hoy la herencia de ese estilo visual se ha convertido en uno de sus peores lastres a partir de las señales de alta definición y de la revolución tecnológica que han permitido, al menos técnicamente, equiparar la calidad de imagen de las cámaras de televisión con las del cine y de la diversificación y sofisticación de la oferta. La industria mexicana no termina de comprender que ello no sólo implicó un cambio técnico (como la transición del blanco y negro al color), exigió también una renovación narrativa y por ello la sigue padeciendo.

Mientras México se instaló en el sueño de los justos, suponiendo que su “fórmula” era imperecedera y abarató la producción, el mercado internacional se expandía y elevaba el estándar. Sí, es una cuestión de presupuesto, pero no nada más de presupuesto.

La televisión mexicana: sus luces y sus sombras

La industria nacional avanza todavía en 2018 motivada por la inercia y el bote pronto en un círculo vicioso que parece no tener fin. Una industria que extraña la altura de miras y la energía visionaria del pasado pero que tampoco se ha determinado a depurar los vicios anacrónicos de otrora que no encajan más con la dinámica de los tiempos que corren.

Un ejemplo de ello es que no obstante el éxito, a María Rubio le tomó casi diez año volver a trabajar en una telenovela. Con la misma fuerza que esa televisión la aupó en estrella (a partir de su virtuoso trabajo), con la misma, le obstaculizó un crecimiento mayor como referente de talento artístico. Pese a proyectos posteriores como Imperio de Cristal (1994), no sólo no hubo más Catalinas Creel o protagónicos que llevaran a mayores alturas a Rubio sino que nunca más surgieron proyectos que le exigieran más en lo creativo, acaso como trabajadora del medio, si se quiere en términos ejecutivos. Dos caras de una misma moneda.

Y en este tipo de hechos encontramos las debilidades del “made in Mexico”: no sabemos qué hacer con el éxito. Sobre todo con el éxito individual. Eso tiene especial resonancia si lo trasladamos a lo político, a lo empresarial o tan sólo en lo deportivo con los medallistas olímpicos cuyas glorias provienen en su mayoría de éxitos individuales y no de conjunto.

Y la televisión, vaya que ineludiblemente es un “deporte de conjunto”.

Los contenidos que no contienen

Hace unos días tuve la oportunidad de escuchar de primera mano a escritores veteranos de telenovelas que dan por perdidas a las nuevas audiencias en la televisión abierta mexicana. Se han comprado la media verdad que varios productores de la vieja guardia (de los que quedan) han tratado de diseminar para justificar su incapacidad de generar nuevos éxitos y contener la desbandada de audiencias, ya no digamos crear un hito que alcance la creación de la dupla Téllez-Olmos, o uno al menos de resonancia efímera.

Cuna de Lobos redibujó el alma del melodrama mexicano al innovar en el tratamiento dramatúrgico, magistral en el lenguaje de símbolos porque recodificó la presentación de arquetipos; fue una lección de síntesis en diálogos con significado que demandó de un reparto de ACTORES antes que estrellas, intérpretes capaces de crear, no de posar o simular. Las lecciones de un proyecto como éste, deberían reflejarse en cualquier producción al aire de cualquier televisora. Y que conste que no comparo con un título turco, indio, brasileño, colombiano o coreano sino con uno nuestro del pasado.

No olvidemos que la producción encabezada por Carlos Téllez se gestó en el seno de una televisión monopólica pero que, paradójicamente, vivía años de diversificación temática, de inclusión a nuevas visiones en la producción y la dramaturgia, no de gatopardismo. Si buscamos las respuestas, las encontramos en la propia historia.

Si antes el volumen condicionó (y devoró) la creatividad, hoy el valor creativo condiciona el volumen y lo resignifica en el mercado actual ante la apabullante diversidad y calidad.

Catalina Creel y las “insondables” audiencias del presente

Con la muerte de María Rubio, se va la actriz que la convirtiera en leyenda hace 32 años. Ha generado trending topic, olas de hashtags y miles de comentarios en redes. Atención, lo ha hecho una actriz retirada que ha muerto a los 83 años y que no tenía cuenta de Twitter, Instagram ni fanpage oficial en Facebook. Catalina Creel, el personaje de la telenovela de 1986, no del 2018, ha generado más tuits que cualquier personaje de cualquier telenovela al aire. Algo debe significar aquello.

En uno de los últimos capítulos de la primera temporada de Sense8, la liberal serie estrella de Netflix, el personaje de Lito (Miguel Ángel Silvestre) entre el público de una sala de conciertos en Islandia, recuerda el momento de su nacimiento. Él es una estrella mexicana de la televisión. La imagen remite a su madre pariéndolo alrededor de parientes que debaten su atención entre el alumbramiento y un pequeño televisor que emite la escena del episodio final de Cuna de Lobos en la que Catalina arroja al inspector Suárez a la alberca junto con una podadora eléctrica para asesinarlo. Dos símbolos aparentemente disímiles, Netflix y Televisa, conviven en una conmovedora y genial escena moderna.

Algo debe decir que los rostros de quienes han salido a publicar su foto con un parche en el ojo en sus cuentas personales en inusual homenaje a la inolvidable matriarca, muchos no superan los 40 años de edad. Muchos de ellos son los incomprendidos “millenial”, los presuntos “haters” de la telenovela, la generación del autor de este artículo. Muchos de nosotros, que teníamos meses de edad (o no habían nacido) cuando se estrenó la telenovela, sabemos quién es Catalina Creel o hemos visto sus episodios.

El País: Los tuiteros despiden a la villana de telenovela Catalina Creel con parches en los ojos

Los productores, escritores y ejecutivos de hoy se extravían tanto en los medios que han olvidado el fin. Las audiencias están esperando a que les contemos una historia, una GRAN historia que les cimbre, que les sorprenda, que les conmueva, que les cambie la vida. Las formas de consumo evolucionan, hoy son las OTT, mañana serán otra cosa pero en el fondo siempre, desde los juglares, el teatro, las novelas por entregas, los folletines, el cine, las radionovelas, la serialización de la ficción en la TV y sus alcances cinematográficos, encontramos un común: público buscando hallarse en una historia.

Pero la industria se resiste a comprometerse y resetear su modelo, a abrir las ventanas, oxigenar y tirar a la basura lo que ya no sirve, a permitirse creer en la inventiva humana en la creación artística que aún en el marco de una industria, puede ser capaz de sorprender.

¿Se permitirá la televisión mexicana abrirse a una nueva época de oro con nuevos proyectos que aspiren a emular (o superar) los alcances de algo como Cuna de Lobos?

Descanse en paz la gran María Rubio y que con la muerte de una era, venga a la vida una nueva y mejor etapa para la televisión mexicana.

Cortesía de: www.tvandshow.com

Twitter: Daniel Lares
Blog: Daniel Lares

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