¿Quién dijo que la telenovela mexicana estaba muerta?

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¿Quién dijo que la telenovela mexicana estaba muerta?

Desde hace algunos años en este lado del continente se dictó sentencia de muerte a la telenovela. El auge de nuevos jugadores otrora impensables y de lejanas latitudes como Turquía, Corea, India o incluso Brasil -productor casi contemporáneo de México en el rubro- y la orientación que la producción de manufactura nacional para plataformas como Netflix sustenta que aquella aseveración ha resultado una postura snob e infundada.

Lo que sí es cierto es que está agonizando un modelo de producción que creó y dio forma a la telenovela en todo el orbe, asunto que es preciso separar para entender. La telenovela como género en el mundo hizo lo que se negó sistemáticamente la industria mexicana: oxigenarse, abrirse, empaparse libremente de otras culturas tanto como influencias, elevar su calidad, para tropicalizarse en cada región y hacer fotosíntesis en el contexto moderno.

La televisión del nuevo siglo

La influencia mexicana y latinoamericana puede detectarse cronológicamente tanto en una serie lacónica de Filipinas como en melodramas estadounidenses de alta factura para cadenas de televisión abierta, pero México (o empresa alguna) no puede reclamar esa herencia como el folletín francés o la radionovela cubana tampoco podría hacerlo con la telenovela. Que el cinematógrafo de los Lumiere surgiera en Francia, hoy resulta una anécdota histórica. Los fenómenos culturales y de comunicación son de ida y vuelta y de mutación constante, ésa es su naturaleza.

De haber entendido lo anterior, se habría prevenido hace 25 años que aquel modelo de producción, nacido en medio de un entorno político de naturaleza concentradora, asfixiaría a su principal activo: su capacidad inventiva de creación. Los foros de grabación, los canales de distribución y todo lo derivado no son lo que son por su valor de inventario, sino en función a lo que sirven: un contenido potente que trascienda y éste requiere a su vez de lo primero para materializarse.

Hoy cualquiera puede tener acceso a un dispositivo de video grabación y subir “contenido” a una plataforma mainstream como YouTube. Tan sólo en el país hay cientos de noticieros y contenido de entretenimiento todos los días en cada rincón. Entonces ¿qué hace diferente al video de un pleito adolescente en una secundaria pública grabado con un celular, a teleseries de culto como Game of Thrones o Breaking Bad que están a un botón de distancia?

La calidad del contenido y la representación simbólica que éste tiene frente a las audiencias del mundo actual son los detonantes diferenciadores para un contenido que trascienda como producto de consumo y catalizador cultural. Los parques de Disney no serían lo que son sino fuera por esos personajes surgidos de sus historias que tocan la vida emotiva de millones de personas alrededor del mundo.

Por ello la compra de los activos de los Estudios Fox por parte de Disney no debe entenderse sólo como una adquisición de volumen de catálogo que robustece su artillería para confrontar a Netflix directamente con una plataforma streaming propia. La firma liderada por Robert Iger está procurándose una factoría con identidad diferente a las que ya tiene bajo su manto para ampliar su oferta. Sería un error homogenizarla con las demás e imponerle el consabido sello de lo “Disney”, porque estamos hablando de un juego en serio y sin miramientos.

Desconocer la propia historia

Si las televisoras mexicanas (incluida la joven-vieja Imagen Televisión) revaloraran y reentendieran su propia historia y la de su industria, se ahorrarían muchos disgustos, extravíos, tiempo y, por lo tanto, dinero.

La TV mexicana tradicional en su afán por concentrarlo todo y subordinar el valor creativo a la tecnocracia de las finanzas y al canibalismo de la gran burocracia, ha asfixiado su capacidad inventiva, su identidad propia como producto cultural (más que de simple consumo) y desaprovechado el recorrido de adelanto que ya tenía en “know how” frente a incipientes industrias. La modernidad la ha rebasado sin contemplaciones.

Paradójicamente la época dorada de Televisa en pleno monopolio (1982-1996) fue cuando abrió sus puertas (brevemente) a nuevas miradas en la realización y la escritura, en un entorno de vocación por la creación de esas historias que marcaron hito y recorrieron el mundo. El Luisito Rey de esa época se remite a la Catalina Creel de Cuna de Lobos (1986), una historia original.

Ahora estamos viendo suicidios voluntarios como la decisión de TV Azteca de dejar de producir telenovelas. Cuando su propia historia le marcó hacer producciones diferentes y mejores (1996-2001), llegó la errática tecnocracia a venderles hacer lo mismo pero más barato que lo que se hacía enfrente. Hoy quizá estarían a la vanguardia de la producción, y las exigencias de la industria global moderna los hubieran encontrado en carrera y no por asalto nocturno.

Semanas atrás su nueva directiva ha anunciado que se avocarán a producir televisión en vivo. Si bien entendible en lo programático respecto al atractivo que ello representa (todavía) para la TV abierta en el contexto nacional, la decisión resulta como confiarle a la volubilidad de un influencer el valor de una marca trasnacional: algo relativo, efímero y que realmente no construye fidelidad sólida.

Si un canal como Las Estrellas ha resistido sucumbir a un desplome mayor, se debe en buena parte a la tradición construida durante décadas por sus dramáticos. En todo caso, es la ficción lo que debe apuntalar la producción en vivo, pero allá ellos. Ahí están las tendencias en el mundo para demostrarlo.

Las televisoras tradicionales al persistir en cambios soft o dubitativos en su producción de dramáticos (principal aunque no únicamente) parecen ofrecernos cámaras Advantix, de esas que entre 1998 y 2003, Kodak vendía como digitales pero seguían requiriendo de un rollo de película y el revelado tradicional. La historia de la legendaria compañía fotográfica es conocida.

¿Quién dijo que la telenovela mexicana estaba muerta?

Netflix: series que caminan, parecen y hablan como telenovelas

Muchos de los que dicen odiar las telenovelas se engancharon recientemente con una (sin advertirlo): Luis Miguel, la serie que la plataforma Netflix, no obstante el proceso electoral presidencial, convirtió en un fenómeno mediático en el país. Desde esta semana, pretende replicarlo con su nueva producción de manufactura nacional: La Casa de las Flores.

Lejos del relumbrón, nadie se ha puesto a ver si Netflix representa una mejora salarial para actores (más allá de las estrellas) o para escritores y realizadores, o si el mecanismo de distribución mundial que han impuesto beneficia en materia de derechos de autor a los creadores mexicanos, más allá de la prerrogativa inalienable de conservar la autoría intelectual de la obra.

Es verdad que han venido a refrescar el género porque, digámoslo claro, lo que están haciendo en estricto término son telenovelas más que series del estilo anglosajón como las que le conocemos y en algunos casos, gozamos. Son telenovelas caras con mayor libertad temática y mejoras en los valores de producción aunque no necesariamente revolucionarias en lo creativo.

Aunque la decisión es audaz y atinada, una cosa es cómo las venden y las están percibiendo las audiencias y otra lo que realmente son. Porque está claro que ni Club de Cuervos, Ingobernable, Luis Miguel la serie ni La Casa de las Flores ganarán un Emmy frente a las producciones prime de la plataforma o en comparación a producciones regionales como la alemana Dark o la española La Casa de Papel.

Como no buscan ese nivel realmente, ello las acerca más a arrebatarle el poder a la vieja televisión en el mercado doméstico que a elevar la calidad de la producción nacional, lo cual tiene implicaciones políticas y, por otro lado, abre oportunidades para quien lo quiera ver. De ello abordaré en la siguiente entrega

Cortesía de: elsemanario.com

Twitter: Daniel Lares
Blog: Daniel Lares

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