El problema de las biohistorias

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Introducción

En la industria televisiva mexicana es muy claro el objetivo de recrear por un tiempo, formatos que han funcionado en otros países. Es una forma interesante de optimización de recursos y que trae ganancias significativas. Esta tendencia inició hace dos años pues desde la serie del cantante Juan Gabriel, Hasta Que Te Conocí, la cantidad de bioseries y bionovelas que se han ido produciendo siguen saliendo a manera de lista.

A pesar de todo, esta moda empieza a ser una fórmula que a su muy corto tiempo de distribución en México y en la televisión estadounidense de no habla inglesa, llega a presentar deficiencias más que en otros lados donde este formato tiene su funcionamiento. ¿En qué consiste la mayor deficiencia? En la pregunta más constante. “¿Qué tanta verdad nos cuentan?” Y es muy significativa la cuestión, porque las redes sociales se han vuelto una especie de “Santa Inquisición” y los antagonistas de estas historias biográficas a veces llegan a ser personas que aún viven y pueden convertirse en un blanco de la crueldad social.

Contexto

En México se hizo un experimento en los años 80 llamado Toda Una Vida (1981), donde Ofelia Medina recreaba a una protagonista basada en la cupletista María Conesa.

Alguien experto en historia ficcionada fue Ernesto Alonso, quien por si algo es muy conocido es por sus telenovelas históricas. Diversos actores tuvieron que representar a los personajes emblemáticos de los pasajes más importantes del país. Mientras pasaron los años, lo biográfico fue hecho a un lado.

En Brasil se hicieron series basadas en cantantes de antaño: Maysa, Cuando Canta el Corazón (2009) y Dalva y Heriberto: Una Canción de Amor (2010). Los brasileños fueron los promotores de las bioseries y ambas ganaron nominaciones al Emmy Internacional.

Colombia hizo una fórmula picante que no sólo era tomar la vida y los gestos de un personaje en la historia del espectáculo, sino recrear una especie de trama con enredos adicionales, tomando un tipo de excusa para crear una telenovela de época. A esto se le llamó bionovela. Entre los tops que he publicado, han desfilado títulos como La Ronca de Oro (2013) y Celia (2015).

¿Qué ha pasado después de éste boom mediático? Que México después de años que rechazó lo biográfico, lo retomó y con figuras polémicas. Al principio fue con la exitosa Hasta Que Te Conocí en 2016, después Televisa, Telemundo, Univisión, Imagen TV y hasta Netflix tomaron la fórmula, aunque no desperdiciándola, ya que algunos decidieron no hacer bioseries, sino bionovelas.

Entonces en el desfile biográfico hemos visto pasar a Juan Gabriel, Joan Sebastian, Jenni Rivera, Lupita D´Alessio, Paquita la del Barrio, José José, Luis Miguel y Julio César Chávez y ya están en desarrollo proyectos como los de Silvia Pinal y Alejandra Guzmán.

Tendencias, rating fácil y personas afectadas

Las bionovelas o bioseries han tenido un rol particular en también ser promotoras para tratar diversos temas sociales tales como el alcoholismo y la drogadicción (Hoy Voy a Cambiar), la corrupción (José José, El Príncipe de la Canción), la falla de los anexos (El César) y el elitismo (Luis Miguel, la Serie), entre otros.

Pareciera que la idea es significativa y fácil de explotar puesto que sus protagonistas son tan conocidos que bien puede llegar un mensaje de reflexión para diversas generaciones. El problema radica cuando hay una exagerada descomposición del género. ¿A qué me refiero? Descompones los ingredientes de las biohistorias y no te sales completamente del subgénero, solamente anexas historias alternas y temas sociales, entre otros. La gran falla radica cuando se vuelven excusas para patrocinar y entremezclar los intereses personales de los elegidos a los que será representada su historia de vida.

En 1965 Ernesto Alonso produjo la telenovela Maximiliano y Carlota protagonizada por la desaparecida actriz María Rivas y el retirado primer actor Guillermo Murray. Esta telenovela estaba basada en la pareja imperial de Carlota Amalia y Maximiliano de Hasburgo, sin embargo, a las escritoras Guadalupe Dueñas y Margarita López Portillo no les interesaba recrear unos hechos verídicos, al contrario, el objetivo era mostrar una historia de amor y para eso, tomaron a dos figuras reconocidas. El problema en el que se metieron con la Secretaría de Gobernación fue grande pues en toda telenovela debe haber un villano y el antagonista que le hizo la vida imposible a la pareja protagónica fue nada más y nada menos que Benito Juárez, representado por José Carlos Ruiz. Para “arreglar” el problema, se recortaron aproximadamente 30 capítulos a pesar de que la historia era un rotundo éxito.

A partir de eso el enfoque cambió y se decidió que si se iban a tomar a personas relevantes de la historia de México sería para contar hechos verídicos, con profunda investigación y que sirvieran como un modelo educativo hogareño. Alonso aceptó el reto y su creatividad fue tan grande que se mantuvo en posturas neutrales, si Maximiliano era un héroe en Maximiliano y Carlota, sería un antihéroe en El Carruaje (1972). Si Porfirio Díaz era el villano principal en La Constitución (1970), entonces veríamos su versión y sus motivaciones benéficas en El Vuelo del Águila (1994). Las siguientes telenovelas históricas eran como lo que tendrían que ser las bionovelas actuales, un esquema perfecto de tesis, antítesis y síntesis. Recreaban pasajes históricos, respaldados por unos muy buenos investigadores y los escritores de melodramas se encargarían de las tramas anexadas que interactuarán con las verídicas. Si un personaje quedaba como el villano, en otra historia fácilmente podríamos revisar su versión de los hechos.

El problema de las biohistorias

¿Ustedes creen que si Claudia Islas, Anel Noreña o Stephanie Salas pertenecieran a las épocas más relevantes de la historia en México, se les trataría como en las bionovelas o bioseries? La respuesta es muy clara y éste es el eje central que mueve a la órbita de las biohistorias: el morbo.

Es un escándalo que en Luis Miguel, la Serie nos hayan dado uno de los mejores villanos de los últimos tiempos con Luisito Rey encarnado por Óscar Jaenada. Muchos lo depreciamos y aborrecimos pero también hubo gente que se quejó de cómo se visualizó al padre del cantante, sin embargo, el eje de quejas no fue precisamente ese, sino el de cómo se vio la imagen de Stephanie Salas, la madre de la primogénita de Luis Miguel. En las innecesarias escenas que se le dieron a la joven que encarnó a la actriz, quedó muy mal parada. Tratar un asunto tan delicado y de esta estirpe es ya jugar con cuestiones mayores.

En Hasta que te Conocí al menos se tuvo la intención rescatable de que el nombre de Claudia Islas quedara en un tipo de anonimato, pero fue en vano. La actriz se vio envuelta en el escándalo de cincuenta años atrás al ser identificada como la responsable de que “El Divo de Juárez” pisara la cárcel. La horda enfurecida de las redes sociales no se hizo esperar y si observamos videos de entrevistas a la actriz, nunca faltará el comentario manchando su imagen para recordar aquel momento.

Y por si fuera poco, la historia de Claudia Islas volvería a ser plasmada de una forma descaradamente errónea en José José, El Príncipe de la Canción con un peculiar personaje al que le dicen “La Güera” interpretada por Sylvia Sáenz. La subtrama está hecha notoriamente sin un poco de investigación y le anexaron lo que quisieron de la actriz. Obviamente en ambas historias no se dice como tal que es ella pero los personajes comparten el nombre de “Claudia” que se desenvuelve en el medio artístico, o sea más guiños confirmando que se trata de su persona.

Yéndome hacia este punto, José José, El Príncipe de la Canción sirve como un espectáculo de entretenimiento pero que dista mucho de estar fielmente apegado a la realidad. Vemos a una Anel Noreña interpretada magistralmente por María Fernanda Yépez y al final resulta ser la única del elenco que es cambiada, ahora por Alpha Acosta. Esto se debe a una siguiente razón, el personaje de la “bonachona Anel”, con el paso de los años se mira opacada por el éxito de su marido, se vuelve su manager y se deja engordar, causándole un grave trauma en su relación. El tema no fue abordado con humanidad, neutralidad o por lo menos madurez, al contrario, fue una batalla tremenda para tirarle a la imagen de la actriz.

En la protagonista “bonachona y buena onda” (de la que se habla más en la bionovela que del propio José José), durante sus últimos capítulos como María Fernanda Yépez hay un cambio en de actitud pero de pronto en un close-up detestable, la vemos comiendo helado en deplorables condiciones, ya transformada en Alpha Acosta. Esto no es por una falta de presupuesto en las caracterizaciones, claro que a Yépez se le pudo transformar, lo que pasó aquí fue que Acosta sirve de transición para que el público acepte que el protagonista acabe con otra mujer en el final. El rostro angelical de la “Anel joven” se vuelve tosco, antipático y en una interpretación sobreactuada para terminarla odiando. La primera aparición de la “Anel madura” es un señalamiento para decir “ese es el mal ejemplo, ese es el que hay que satanizar”, mientras que a “Pepe”, sólo entre líneas se le ve tomando y consumiendo cocaína, se dice que es bebedor social pero jamás es visto en deplorables condiciones de alcohol, ya por mucho, lo observamos sintiéndose mal.

El problema de las biohistorias

Y es que mientras al antagonista lo hacen ver más pintoresco, más como realmente un villano, a los protagonistas los hacen ver más buenos.

Considero que no debemos dar por hecho que estas biohistorias son una realidad completa. Qué interesante sería ver a las contrapartes televisadas, es decir, las historias de Stephanie Salas, Claudia Islas y Anel Noreña, al menos para realizar un equilibrio entre seriados. Nosotros como audiencia no sabemos si los diálogos que oímos realmente se dijeron, que si ellas pensaban exactamente lo que se ve en la ficción o que si eran realmente unas antagonistas más malas que “Catalina Creel”. A la biohistoria, simplemente se le debe tomar en cuenta como un espectáculo de entretenimiento y no como la verdad absoluta. Puede que tengan puntos a favor, buenas cuestiones de producción, pero en cuestiones de guion representan problemas y al final nos venimos enterando de más cosas que no se cuentan y que sólo saben o sabían los “sacrosantos protagonistas representados”. Por lo tanto ellas son personas que merecen nuestro respeto.

En otro punto, hay un inverso a la moneda y ese es cuando el protagonista queda completamente mal ante los ojos de todos. Dos ejemplos destacados recaen en las bioseries de Televisa: Por Siempre Joan Sebastián (2016) y Hoy Voy a Cambiar (2017). De la primera se pretendía hacer un homenaje al fallecido compositor y les salió tan mal que dieron pena ajena, si me dijeran que eso fue un “homenaje serio”, soltaría a carcajadas, porque de acuerdo a la serie. ¿Por qué hacer algo así a un protagonista que cambia de mujer como de ropa interior?

En el segundo caso, aparentemente todo fue autorizado por la cantante Lupita D´Alessio. Los productores se basaron en una entrevista suya para realizar los guiones de la serie pero no creo que ella haya aceptado todo lo que se vio en Hoy Voy a Cambiar. Ahí no se enfatizan sus logros del todo, sino lo que trajo la audiencia fue el morbo de sus ex maridos, las drogas, los excesos y sus escándalos, no más.

En el caso de los protagonistas mal visualizados, si cometieron errores lo que debemos aprender es a no satanizarlos y los guiones deberían estar bien cuidados para que no los perjudiquen aún más. El problema en esos dos casos fue que no representaron a humanos, sino a viciosos empedernidos sin un punto de equilibrio, fue sólo morbo.

¿Hay alguna solución?

Las biohistorias podrían tener un eje más atractivo si estuvieran basados en testimonios ajenos, por ejemplo, es gracias a ello que existe Su Nombre Era Dolores, la Jenni que Yo Conocí (2017). Ahí vemos como tal a Jenni Rivera espectacularmente representada por Luz Ramos desde un punto más objetivo y por supuesto sus familiares se quejaron y después sacaron su propia versión desde lo más subjetivo y llegó Mariposa de Barrio (2017). Tomo este ejemplo ya que hay una delgada línea entre lo que contemplaremos como real y falso, los proyectos siempre estarán encaminados entre las tendencias y el desmentir cuestiones, pero hay algo muy cierto, la serie no autorizada fue mucho más aceptada que la que sí lo fue.

Otra manera de solución sería la forma en cómo se trató a Paquita la del Barrio. Esta bionovela tuvo toda el aura de las colombianas. Se muestra a una figura pública, se recrean varios pasajes de su vida, hay mucha ficción en cómo se cuentan las historias pero se premia el que no se afectara a ningún externo.

El caso de El César tampoco fue afectar a nadie, sino tomar de ejemplo la vida de Julio César Chávez para generar consciencia y fomentar al ámbito deportivo.

Estas vertientes serían una buena idea para solucionar el grave contraste que están provocando las biohistorias, porque al paso que van, no durarán mucho tiempo en el mercado. Vienen fuerte y así de fuerte, las caídas serán perjudiciales. Llegará el momento en que tengan que darles un descanso porque la gente se cansará de que les cuenten mentiras o verdades a medias y todo se demostrará con el primero que desmienta a una versión ficcionada. Que interesante sería ver que para toda biohistoria exista una contraparte, una antítesis o una síntesis, pero los productores y las empresas tampoco son tontos, no tirarán dinero por montones, ya tienen a sus artistas selectos, así que las soluciones que propongo recaerían más en esos tres trabajos presentados. Ojalá algún día se pueda hacer un recuento de las consecuencias que trae hablar de la vida de una figura pública y eso será cuando el “rating fácil” haya pasado a segundo término.

Fuentes:
*Reyes, L. (1999). “Crónica de la Telenovela: México Sentimental”. Clío, México. P. 44, 45

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